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Migración: Viviendo y dejando vivir



El que se cansa pierde. Y el que no descansa, se obstina, se aburre, y al final, desiste. Miles de venezolanos se encuentran hoy en día en el exilio luego de haber participado en mayor y menor medida en acciones de protesta contra el chavismo en cualquier época. Otros, porque simplemente no soportaron tanta realidad y miseria socialista-militarista y decidieron irse, por supuesto, chavistas incluidos.

Los venezolanos somos muy sociales, somos muy expresivos y comunicativos. Todo queremos decirlo o publicarlo. No es casualidad que, a pesar de tener el peor servicio de Internet de América, somos masivos consumidores y productores de contenido en redes sociales. Y muy poco pudor hemos tenido para compartir lo que se nos ocurra, sea apropiado, grotesco o políticamente incorrecto.

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Es absolutamente normal que los emigrados y exiliados quieran estar pendientes de lo que sucede en el país. Uno se niega a perder el nexo, o como me dice una amiga, te vuelves adicto al estrés de las noticias sorprendentes que mueren en apenas unas horas. Los acontecimientos ocurren, o se divulga que supuestamente ocurrieron, de una manera pasmosa. Todos quieren aportar, hacer algo. Pero también tienen derecho a disfrutar de su nueva vida. Emigrar no es irse de paseo, y bien merece su recompensa. 

Estas consideraciones entran en juego a la hora de decir cómo nos está yendo afuera. He leído como gente se horroriza porque alguien en Madrid decidió ir a tomarse unas cañas con amigo, porque está pasándola bien en algún Starbucks de Australia o fue al teatro en Argentina. Eso no me molesta en lo más mínimo. Al contrario, me gusta mucho saber que tengo amigos y conocidos que lograron escapar del chavismo para vivir una vida “normal”, desprendiéndose de seres queridos, profesión y costumbres. Me gusta cuando publican sus cosas porque me da alivio saber que están bien. Y que hay personas que estimo que logran disfrutar del fruto de su trabajo. Eso no es ningún pecado. 
Como tampoco es pecado que los que se quedan en Venezuela publiquen y hablen acerca de momentos familiares como graduaciones, bautizos, o simplemente un fin de semana en la playa. Eso no los convierte en traidores ni en indolentes. Eso los hace seres humanos como cualquier otro. Hasta los judíos hicieron Bar Mitzvah y matrimonios mientras fueron perseguidos por los nazis. 
Todos debemos asumir nuestras decisiones y situación de vida. Como dije en otro artículo, algunos se fueron queriendo quedarse y otros se quedaron queriendo irse. Todos tenemos derecho a opinar, pero así como pedimos a los que están afuera que exijan a hacer cosas que ellos no harán (porque no quisieron en su momento o porque no pueden), no podemos exigirles a todos que vivan y se expresen solo como nosotros queramos. Eso está a un paso de hacer algo tan idiota como ir a insultar a alguien común y corriente a un restaurante porque no se fue a marchar, o un tuitero que decía que, al terminar esta oscuridad, habría que pedirles cuentas a los que decidieron irse. Eso va al salón de la fama de las estupideces que he leído por ahí. Me recuerdan a los sindicaleros de una empresa donde trabajé, que secuestraban los buses del transporte del último turno para exigir aumentos salariales, sin pensar que entre los afectados no había ningún directivo, solo gente cansada y enojada por no poder llegar a casa. Esa medida nunca tuvo apoyo, y terminó el día en que un sindicalero terminó con dos dientes menos producto de un derechazo. 
Todos suman, no solo a la lucha por ver a Venezuela libre, sino para ver un país sin odios, resentimientos, sin comportamiento “chavista”. Eso tomará mucho tiempo. ¿Por qué no empezar ahora?