Adopta un civil



La historia de Venezuela, la que vimos en bachillerato en los últimos cien años (como mínimo), es una conjunción de hechos ligeramente relacionables entre sí, con grandes relatos épicos que emulas más a la Batalla de los Bastardos de GOT y personajes heroicos con trayectorias impólutas, intachables y que rozan la perfección moral, por supuesto acompañado de las botas, chatarreras y el inevitable sable marcial. Esto es, precisamente, lo que más me ha preocupado es en el infinito énfasis en el militarismo por encima de lo civil.
Recorro sitios emblemáticos, grandes proyectos de infraestructura, escuelas, liceos, universidades, que deberían tener nombres de grandes civiles como escritores, poetas, ingenieros, abogados, artistas, educadores y no, en una proporción de cinco a uno, todos llevan nombres de militares. Basta darse una vuelta por el Panteón Nacional para confirmar que el aporte civil ha sido anulado con propósitos calculados.
Pareciera que el aporte civil a la formación del país que conocemos ha sido relegado intencionalmente a un total segundo plano. Da la impresión que esos libros de historia que nos dieron en nuestra formación temprana fueron escritos en cuarteles y no en espacios académicos. Se les reconoce la necesidad de participar en eventos bélicos, pero luego ¿no pasó más nada? ¿Qué negociaciones hubo? ¿Cómo era la sociedad, la medicina, la educación, las costumbres sexuales de época independentista? Tengo demasiadas preguntas que hacer sobre el contexto social de todo el siglo XIX y XX cuyas respuestas apenas tienen pequeños destellos divulgativos. Incluso cuando se reconoce el aporte de mujeres, solo se habla de las que agarraron un fusil y no de las que tomaron los libros o las artes. ¡Es obsesivo!
Se me ocurre que esto no es casual, los militares tienen doscientos años de mandatos largos, todos marcados por periodos de represión y absoluto desprecio por la vida civil, donde se valora más la fuerza que la razón, donde se convence a la gente que la mano dura es la solución inmediata a los males sociales y no el transitar por el largo y difícil camino de formación ética y moral de los ciudadanos. Estamos en una idealización militarista tan enfermiza que nos inculcaron la creencia que ellos eran capaces de ser la solución en toda la gama de funciones de la administración pública y privada. Y se han equivocado una y mil veces, no solo en estos últimos 18 años, sino desde hace décadas. Mira a tu alrededor y tendrás mi evidencia.
Debemos adoptar nuestra historia civil, huérfana y subestimada. La libertad ciudadana comienza por el reconocernos como una fuerza autónoma y con múltiples facetas que no necesitan al arquetipo primitivo del hombre a caballo, de uniforme, pistola al cinto y con nula empatía por el resto de la humanidad. Adopta tu civil y difunde su obra. Quisiera ver muchas más obras que lleven nombres como el de Renny Ottolina, Cabrujas, Aquiles Nazoa, Omar Vizquel, Miguel Peña, Arturo Michelena, Jacinto Convit, Carlos Cruz Diez y todos esos héroes anónimos que fueron médicos de pueblos hundidos en la miseria, maestras de escuelas sin techo, las cocineras de la comunidad, parteras, abogados que le dieron fiado a todo el mundo, poetas y pintores. Porque este país no lo construyó Simón Bolívar (estoy harto de que todo se llame así) con unos amigos en la versión colonial de Los Vengadores o la Liga de la Justicia, sino millones de ciudadanos con el día a día, en muchos otros tiempos, en muchas otras circunstancias y sobre todo, con otros instrumentos más allá de los que escupen balas, sino de unos mucho más revolucionarios y peligrosos para los tiranos: Libros, pensamientos, pinturas y hechos cotidianos que hacen que nos cuestionemos todo.