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Arte, moral y perversión



Fluir no es andar a la deriva, a merced del mundo. Es dejarnos llevar por nuestra esencia, por nuestra corriente interna, como un barco que navega a contracorriente impulsado por la fuerza de sus motores propios o con las velas ajustadas para aprovechar su propio impulso, y en ocasiones, los vientos que parecieran estar en contra. Por eso siento que la moral y la creatividad son las cabezas de un siamés. Ellas pelean, discuten, se muerden, se tiran a matar, y cuando una se agranda, la otra se achica y se calla. Porque no siempre lo que fluye en forma de arte o de instintos va de la mano con lo moral. 
Nos ponemos límites cuando nuestra creatividad para la búsqueda del placer fluye con fuerza. No porque sintamos que no podemos sino porque tememos volar por encima de lo que creemos que es el bien y el mal.
En ese viaje exploratorio podemos mirarle la cara a nuestros más profundos anhelos, miedos, perversiones, esperanzas y realidades pasadas por el filtro de nuestra percepción brindándole riqueza a nuestra experiencia, algo digno de recordar y ser contado. Todos deberíamos tener siempre una buena historia que contar. ¿Existe algo más aburrido que un puritano? Son nuestras perversiones y demás inclinaciones lo que le da sabor a nuestras existencias. Es explorar nuestro lado oscuro para darle un vistazo en primera fila, recorrerlo, sobrellevarlo y finalmente manejarlo para sacarle el mayor placer posible, por supuesto sin dañar a alguien más. Nos condicionaron a que el puritanismo es virtuoso cuando en realidad es la castración del ser, la amputación de los instintos, ¿cómo puede fluir alguien entregado a una vida de celibato, vergüenza y culpa? 
Nuestro lado oscuro merece su justo reconocimiento porque tiene la particularidad de que cuando queremos ocultarlo, termina manifestándose de formas incontrolables y dañinas. Cuando logramos conjugarlo con nuestra fibra íntima del ser, con nuestra lujuria por la vida, sacamos música, poesía, letras y arte sin límites. Arte relevante.