Arte y censura


El arte es libertad, un grito del alma, el vuelo del pensamiento. Es totalmente válido que el arte sea usado para expresar y mostrar nuestras posiciones religiosas, políticas, sexuales, sociales y hasta deportivas. Es un catalizador de las inquietudes humanas abstractas y concretas. 
Un artista que apoye a los tiranos que persiguen y censuran es un aberrado, un ser contrario a su propia naturaleza. Porque nadie que se emocione con las prohibiciones o la censura puede ser un amante de la libertad humana. Solo el derecho a elegir nos hace verdaderamente libres. No es válido arroparnos de una supuesta superioridad moral para decidir por todos y establecer lo que se debe ver y lo que no. Yo, honestamente, detesto el vallenato y el regueton lo tolero solamente bajo efectos del alcohol. Tampoco me agrada Arjona, ni Maná y muchos cantantes de música llanera, así como me parece que gente como silvio rodríguez, residente, sean penn o roque valero son unos escandalosos alcahuetas de tiranos como fidel y chavez. Aunque sus letras hablen de libertades y poesías, sus acciones los refutan. Vienen a hablarnos de rebeldía mientras lamen botas militares y se se bajan los pantalones ante los verde oliva. Gente que exige libertades que sus financistas niegan a sus ciudadanos. La izquierda solo habla de libertades hasta que son gobierno, a partir de ahí esas libertades les causan profundas incomodidades.
Hay autores que he leído y odiado, así como pintores cuyos trabajos me parecen impresentables. Aún así no tengo derecho a prohibirles nada. Si cantan, que canten; si escriben, que escriban; si son actores, que actúen; si pintan, que pinten.
Como he dicho anteriormente, a nuestros gobiernos se les hace más rentable invertir en látigos, bloqueos y encierros que en libros y academia. Nosotros no necesitamos censura si tenemos una sociedad suficientemente madura y educada para rechazar por si misma conceptos contrarios a sus valores. El éxito estaría en lograr que estos mamarrachos consortes de la tiranía queden en el olvido por el rechazo que causa su propia hipocresía, que nadie los tome en serio porque sus costuras se notan a kilómetros. Que queden en el olvido por el nulo impacto de sus obras y no porque terminamos haciendo lo mismo que sus ideólogos. Eso sería una verdadera actitud rebelde colectiva ante el puño de hierro y sus secuaces. Una verdadera sociedad revolucionaria y evolucionaria.